Movida cobista o teatralización ideológica: el rechazo de Cristina y del camporismo al acuerdo con el FMI alteró a halcones y palomas en el oficialismo e impuso una pregunta de cajón sobre el futuro de la coalición gobernante: ¿se rompe la sociedad política? Y sus derivadas: cuáles serán los efectos en el oficialismo, en el peronismo y en el PJ tucumano. Los más nerviosos por las posibles respuestas son los propios peronistas, aquellos verticalistas desconcertados frente a una vicepresidenta que venía manejando los hilos y que no le impuso su visión a su elegido Alberto -ahora el indisciplinado debido al pragmatismo natural pejotista que expuso-, optando en cambio por darle la espalda con un mensaje gestual: no contés conmigo en esta. Abandonó el Congreso, más no del Gobierno. Divorcio a medias. Tiene más que perder, igual que los muchachos camporistas que manejan varias cajas del Estado. Y es duro el llano.

Cristina tampoco iba a permitir, menos soportar, el festejo conjunto de opositores y de oficialistas en su propia cara. Derrotada, ¡ni ahí! Algunos compañeros del centro derecha del movimiento nacional vieron en la salida de Cristina de la sesión del Senado una jugada peor que la de Julio Cobos en 2008, aquella del voto no positivo. Sin embargo, no la ven imitando a “Chacho” Alvarez porque necesita del poder para consolidar sus pretensiones. Así, el voto de los kirchneristas en Diputados como la actitud de la vicepresidenta más que nada fue una puesta en escena atendiendo al perfil de su electorado fiel. Por una cuestión ideológica manifestaron su rechazo al FM. Prefirieron tensar la relación con sus socios políticos antes que distanciarse de sus bases. Por ahora, romper la coalición no es una alternativa que puedan barajar en serio, sino más bien desensillar hasta que aclare y ver dónde están parados.

Los halcones del nonato albertismo, los del entorno presidencial, envalentonados, cargaron contra la deslealtad de los cristinistas para pedir que rueden cabezas en el gabinete. Desde Tucumán, el jefe de Estado pidió calma cuando refirió que hay que trabajar unidos y dejar los desencuentros y las diferencias, aunque luego les tirara de las orejas a los kirchneristas al agradecer a los congresistas que respondieron con “responsabilidad democrática” aprobando el acuerdo. Es que Alberto no se anima a avanzar en el divorcio político pues teme que se ponga en riesgo la gobernabilidad si pierde el tercio de respaldo político que le ofrece su mentora, por lo menos en el Congreso. Eso y el posible desmadre social, si no reencauza la situación económica del país, lo dejarían fuera de la lucha por el poder el año que viene. Ya está con un pie y la mitad del otro afuera de esa partida. Encima tiene poco margen para mejorar la realidad.

De cualquier forma se verificó un quiebre en el oficialismo. Ya está en curso la notificación del planteo de separación de una de las partes. Por lo que lo que se viene en el peronismo -en la coalición gobernante integrada por el PJ de los albertistas, la Unidad Ciudadana cristinista y el Frente Renovador massista- es una disputa por definir un único liderazgo de cara a la disputa por el poder interno y para acomodarse hacia los comicios del 23. Ojalá sea en una interna, confió un dirigente peronista que entiende que mejor suerte puede tener el Frente de Todos si se mantiene unido, aun con las fuertes tensiones y rivalidades de sus principales referentes.

Será algo inédito si ocurre, no sólo porque sucedería con el peronismo en el poder -donde suele dirimir sus internas-, sino porque implicaría una lucha entre diferentes expresiones del movimiento justicialista: la de una más pragmática y otra más ideologizada. En ese marco posible se entendería que los camporistas se amotinen aunque no abandonen la nave: donde tienen varias cajas para sostenerse y dar batalla: más ahora que Alberto dice que quiere dejar atrás los desencuentros, una conducta que el camporismo analiza como titubeante y temerosa frente a la disgustada vicepresidenta.

La realidad no le ayuda a Alberto y el cristinismo debe compartir su gestión y su suerte, incluso teatralizando su disconformidad, porque ni aún juntos tienen asegurada la continuidad en el poder.

En el medio, del lado del albertismo, otra vez, Juan Manzur salió a avalar al Presidente. Es nuestro conductor, volvió a reiterar, tal como lo hizo en su asunción como gobernador en 2019, en el teatro San Martín. En esa ocasión dijo que era el único líder del peronismo, casi desafiando a Cristina, pero el Presidente no alimentó sus ilusiones porque una y otra vez recibió bofetadas de Cristina sin chistar. Se sometió, frenó todo atisbo de intento de fomentar el albertismo. Ahora, de nuevo, tiene otra oportunidad. Y otra vez Manzur volvió a considerarlo el jefe del espacio, aunque en esta ocasión adquiere más relevancia su postura, en especial desde que Alberto dijera en Tucumán que no se bajará del barco.

El jefe de gabinete se ha consolidado como una de las espadas del Presidente, y a esa lealtad el jefe de Estado se la reconoció el jueves y el viernes visitando la provincia, a la que el gobernador de licencia pareció renunciar cuando aludió a la unidad definitiva del peronismo tucumano en el mitin en el complejo de ATSA. Detrás de la referencia de Manzur a la jefatura de Alberto avalando al Presidente también puede leerse como la ratificación de que intentará jugar en el espacio nacional y dentro del oficialismo del lado de los pejotistas pragmáticos. La aparición sorpresiva de Sergio Massa en Tucumán revela que ese grupo tiene vida y, más que nada, expone quiénes son sus referentes.

No fue casual que en el mismo momento en que Cristina le daba la espalda a Alberto en el Senado, el tigrense se mostraba al lado del Presidente y de Manzur. Un posible trípode de poder, uno haciendo malabares en Diputados para cerrar acuerdos políticos con los opositores -en adelante con el camporismo en la resistencia ideológica-, y el otro manteniendo buenas relaciones con gobernadores y sindicalistas; territorialidad y ortodoxia peronista. Sólo les faltaría consolidar una figura en la Cámara Alta como el interlocutor del albertismo para limitar la fuerza de Cristina, debilitada por cierto desde que el Gobierno perdió la mayoría en el Senado. Manzur tiene allí a Pablo Yedlin; quien va abriéndose paso en el escenario nacional, y que también sueña con la gobernación de Tucumán. Sin embargo, la historia política local muestra que siempre hubo trípodes de poder y que siempre estallaron por los aires porque en el peronismo sólo se admite un liderazgo.

De cualquier forma, producto de los desencuentros y nuevas sociedades en el plano nacional, quien puede sonreír con un poco de más tranquilidad es Osvaldo Jaldo, ya que con Manzur decidido a jugarse -aparentemente- en la liga mayor, puede seguir consolidando su aspiración a sucederse a sí mismo el año que viene. El tranqueño desarrolla su gestión sin un mínimo chispazo con Manzur, con quien acuerda nombres; mantiene a raya los suyos y no rivaliza con los manzuristas. Trata de contener a todos sabiendo que su futuro también está atado a la suerte de la gestión nacional. Si la realidad empeora, habrá que barajar y dar de nuevo y redefinir estrategias y aspiraciones. Pero, al igual que Manzur, también le juró lealtad a Alberto, lo que implica que van a cercar la provincia y el peronismo en contra del cristinistas y de los camporistas.

Es una primera definición porque, a no dudar, la vicepresidenta no se quedará quieta frente a la interna que se viene en el oficialismo, donde no querrá ceder espacio y menos el poder que consolidó. Tendrá que mirar más allá de las fronteras de Buenos Aires, su bastión, y armar estructuras kirchneristas en otras provincias. ¿Por qué no lo habrá hecho antes? Es lo que ahora se preguntan sus seguidores. Tal vez confiaba en que Alberto no se le retobaría y que volvería a señalar un sucesor en 2023. El FMI los desacomodó, animó a unos y obligó a otros a redefinir conductas políticas.

En Tucumán, el status quo favorece al oficialismo, porque lo mantiene unido; unidad que tranquiliza al PJ en función de los comicios que vienen y es la que, de alguna manera, intranquiliza a la oposición en la provincia. Es justamente en ese marco que se entendería, por ejemplo, la juntada de Germán Alfaro con Ricardo Bussi, más allá de que el encuentro haya alterado la interna de Juntos por el Cambio. El intendente, como peronista que es, pragmático al fin, entiende que sólo sumando aliados se puede desbancar al PJ del Gobierno, incluso a sus adversarios más enconados. Seguramente calculó que suma más votos independientes al espacio que los peronistas que pueden abandonarlo por asociarse con el bussismo. La movida, sorpresiva, va a repercutir y tal vez condicionar la interna radical que se viene.